Texto incluido en el libro CARTOGRAFÍAS DE LO COTIDIANO editado con motivo de la exposición en el Centro de Arte Alcobendas (2026)
EL ARTE DE MIRAR SIN PRISA
Hoy en día vivimos rodeados de imágenes. Casi sin darnos cuenta, todos nos sentimos un poco fotógrafos solo por llevar una cámara encima, ya sea la del móvil o una más profesional. Salimos a la calle con la intención de capturar cualquier cosa que se cruce en nuestro camino: monumentos, paisajes, personas, detalles curiosos… Todo lo que pensamos que “merece” ser fotografiado.
Luego, sin ningún pudor, compartimos esas fotos con unas cuantas personas —porque seamos sinceros, no son tantas como creemos— que nos dicen lo “bonitas” que son. Y claro, esos halagos nos refuerzan la idea de que somos FOTÓGRAFOS, así, en mayúsculas.
Pero, aunque a veces cueste verlo entre tanta imagen, en esta nueva realidad todavía quedan unos pocos fotógrafos y fotógrafas de verdad. Profesionales que han dedicado buena parte de su vida a este oficio; personas que han pasado horas y horas mirando el mundo a través de su objetivo para mostrarnos su manera única de verlo. Gente capaz de capturar y transformar todo lo que le rodea en una historia.
Porque el verdadero fotógrafo no solo mira: observa. Y esta diferencia, aunque pequeña, lo cambia todo.
José María Diaz-Maroto es prueba de ello, un fotógrafo apasionado que observa y retrata la vida tal cual, sin forzar. En su fotografía no hay pose ni artificio y su mirada elige lo sencillo, lo que todos hemos podido ver, pero no sabemos plasmar.
A lo largo de su extensa trayectoria Díaz-Maroto ha ido configurando una obra fotográfica que discurre de manera constante entre lo documental y lo poético. Desde sus inicios en los años ochenta, su mirada se forja en el territorio de lo cotidiano y del retrato en contexto, ámbitos desde los que articula una sensibilidad atenta a la presencia humana, a sus gestos y sus entornos inmediatos. Sus imágenes se construyen desde la proximidad, la escucha y la complicidad; solo cuando el retratado alcanza un estado de naturalidad, cuando la escena respira sin tensión, el fotógrafo considera que es el momento de disparar. Esta actitud ha guiado su recorrido por territorios tan diversos como Cuba, Brasil, Italia, Alemania, Marruecos, Bolivia, Panamá, Islandia o España, lugares que ha sabido narrar desde la cercanía afectiva y la contemplación atenta.
Con los años, su interés se ha desplazado hacia un diálogo más directo con el paisaje, situándolo en el centro de su exploración visual. En su último trabajo “Calma y Sosiego” observamos esta transición natural en la que lo humano sigue apareciendo, aunque no sea de manera explícita, como un rastro o un indicio perceptible en la atmósfera de la imagen. La luz natural y la estructura cromática adquieren total protagonismo y la fotografía se convierte en un ejercicio de observación tranquilo.
Esta transición no supone una ruptura con su trayectoria previa, sino la continuación coherente de una reflexión sobre la presencia, el tiempo y la experiencia.
Defensor del carpe diem, Díaz-Maroto trabaja desde la intuición y la espera, consciente de que las imágenes más reveladoras suelen surgir al final del día, cuando la vida ofrece lo inesperado. De esos finales abiertos derivan amistades, proyectos y muchas de las fotografías que hoy conforman este libro, donde encontramos una representación de cinco de sus proyectos: “Hecho en Cuba”, “El Valle Invisible”, “Sol y sombra” “Azules, ocres y el paso del tiempo” y “Calma y Sosiego”.
En “Hecho en Cuba” recorre con su cámara la vida cotidiana de La Habana y otros enclaves de la isla, y nos la muestra a través de retratos espontáneos y escenas del espacio público, sin recurrir a estereotipos visuales y desde una cercanía respetuosa. En sus fotografías la luz, la arquitectura y las texturas amplifican la identidad de un territorio y un pueblo en constante transformación, marcado por la fricción entre la tradición y el cambio.
“El valle invisible” es una serie realizada en el Concejo de Llanes, en el conocido Valle de Mijares, un lugar donde Díaz-Maroto pasó largos veranos durante su infancia, escenario de historias, juegos y personajes que marcaron su memoria. Con los años decidió volver a esos rincones y recorrerlos buscando restos de aquellos recuerdos. En las seis fotografías que componen el proyecto aparece una sensación de ausencia, que se amplifica con la escasez de elementos, espacios silenciosos y una sobriedad que deja que el papel y la luz hablen por sí mismos.
En “Sol y sombra” se adentra en esa dualidad fundamental entre la luz y la oscuridad, pero no como elementos antagónicos, sino como cohabitantes en cada imagen, dejando al descubierto la complejidad de los espacios que registra. Como describe el propio autor, es una investigación sobre las tensiones y correspondencias entre constantes opuestos, la vida y la muerte, el bien y el mal, el calor y el frio, un ensayo visual sobre la dualidad como condición de lo real.
“Azules, ocres y el paso del tiempo” es más bien una investigación sobre el color y la materia, haciendo hincapié en cómo la erosión, el paso de los años y las huellas van quedándose en cada superficie, dejando un poso que asoma en cada instantánea. Berlín, La Habana, Cabo de Gata o Ciudad de Panamá, son algunos de los escenarios elegidos, donde la geología, el clima y la memoria dialogan para mostrarnos tanto su persistencia como su fragilidad.
Pero demos un paso atrás y comencemos por el principio, por saber quién es José María Díaz-Maroto y cómo ha llegado hasta aquí.
Su relación con la fotografía comenzó en la infancia, con apenas 10 años, cuando se encontró frente a una cámara -una Lowell Cinefilm que su padre había comprado en Francia-, y con el encargo de documentar la Primera Comunión de su prima. Años después, ese interés se consolida en otro espacio revelador: el cuarto oscuro. En compañía de su grupo de amigos de San Roque del Acebal (Asturias), José María entra en contacto con los procesos químicos de la imagen, un territorio casi alquímico donde la fotografía aparece “como por arte de magia”. La fascinación por ese procedimiento se convierte en el germen de una relación más profunda con el medio.
Cuando inicia el servicio militar, con su primera cámara personal, retrata a sus compañeros de pelotón, jóvenes llegados de distintos puntos de España que le permiten acceder a una diversidad humana que contrastaba con la homogeneidad del entorno cerrado de El Pardo (Madrid) en el que había crecido. Estos rostros no serán simples ejercicios de retrato, sino un primer acercamiento a las múltiples identidades que conformaban el país y que se desplegaban ante el como un descubrimiento revelador.
Con apenas veintiún años y acompañado de su amigo Evaristo Delgado, llega a la Real Sociedad Fotográfica de Madrid, un espacio que funcionaba como núcleo de encuentro de aficionados y profesionales de la fotografía, donde entrará en contacto con referentes consagrados y con jóvenes autores que, como Chema Madoz, ya despuntaban y definían nuevos lenguajes visuales. Es también en este entorno donde forja amistades que darán lugar a sus primeras salidas a Les Recontres d’Arles, al sur de Francia, -en coche, con tienda de campaña y saco de dormir- para sumergirse durante unos días en la “capital mundial de la fotografía”, vivir el ambiente de las proyecciones nocturnas, descubrir nuevas formas de narrar historias y encontrarse por la calle con grandes fotógrafos como Lartigue o Robert Doisneau -a este último pudo incluso fotografiarle-.
A comienzo de los ochenta junto a Manuel Sonseca, Ángel Sanz, Evaristo Delgado, Pilar Pequeño y Julio Álvarez Yagüe, entre otros, deciden crear el Colectivo-28. En ese momento en el que, pese al vibrante clima cultural de “la movida”, la fotografía tenía un reconocimiento institucional bastante escaso, Colectivo-28 buscó generar espacios de visibilidad, colaboración y experimentación. Aunque su actividad se prolongó solo unos años, surgieron en ella proyectos conjuntos tan significativos como “Viaje a Poniente” o “Nacional II”. Poco después, y con el mismo espíritu de construir tejido fotográfico, Díaz-Maroto impulsará la asociación Entrefotos junto a Luis Baylón, Evaristo Delgado, Pascuale Caprile y otros autores, presidiéndola hasta 2005.
Su mirada evoluciona hacia una dimensión más pedagógica y comienza su labor como docente en 1987 en el Taller de Imagen de Arganda del Rey, del que será responsable durante cinco años. Su vocación como formador constituye un eje muy importante en su trayectoria y desde entonces, enseñar ha sido un modo de pensar y comprender la fotografía en diálogo permanente con nuevas generaciones, y así lo ha demostrado en los múltiples talleres que ha realizado en centros como EFTI, Madphoto, ManRay o TAI, donde además formará parte de la dirección de fotografía junto con Jerónimo Álvarez.
Durante la última década Díaz-Maroto ha mantenido el vínculo con la formación desde una posición más estratégica, como director de la Escuela PIC.A en Alcobendas, un proyecto que se ha convertido en un punto de encuentro imprescindible para la nueva creación fotográfica. Desde allí ha organizado talleres, exposiciones, presentaciones y conversaciones con figuras clave del panorama fotográfico español, como José Manuel Navia, César Lucas, Sofía Moro, Juan Manuel Castro Prieto, Estela de Castro o José María Mellado, entre muchos otros. Para los alumnos, esta convivencia con maestros ha supuesto un privilegio y una experiencia formativa de enorme valor.
Su trabajo como comisario independiente constituye otra de las vertientes fundamentales de su aportación al entorno fotográfico. Ha colaborado con instituciones de primer nivel, como AC/E Acción Cultural Española, Fundación Canal, la Comunidad de Madrid o el Centro Andaluz de la Fotografía, desarrollando proyectos expositivos que ponen en diálogo la creación contemporánea con el archivo, la memoria y la tradición documental. “Luz Continua”, “Ocultos”, “Ángel Marcos. Alrededor del sueño 4. Madrid”, “Agua al desnudo” o “50 fotografías con historia” son solo una pequeña muestra de estos proyectos.
Paralelamente, en 2007 asume la función de conservador de la Colección de Fotografía Alcobendas, de la que él mismo ya formaba parte como autor. Llega con motivo de la celebración del 15º aniversario de la colección, efeméride que el coordina y para la que se organizarán ocho exposiciones distribuidas en diferentes espacios de la ciudad. Este acontecimiento, que sacó la fotografía al espacio público, consolidó el firme compromiso del municipio con esta disciplina como herramienta artística y patrimonial. Fruto de esta misma voluntad nació, en 2009, el Premio internacional de fotografía Alcobendas, del que Díaz-Maroto formó parte como jurado hasta la última edición. Gracias a este proyecto tuvo la oportunidad de conocer y compartir experiencias con algunas de las figuras más influyentes de la fotografía internacional —Alex Webb, Philip-Lorca di Corcia, Graciela Iturbide o Martin Parr— y de reconocer el trabajo de destacados autores españoles como, Ramón Masats, Pierre Gonnord, Cristina García Rodero o Gervasio Sánchez.
De aquellos años conserva también un recuerdo afectuoso y entrañable de la exposición que comisarió en el Centro de Arte Alcobendas del fotógrafo Rafael Sanz Lobato, probablemente una de las últimas que hizo en vida. Las jornadas de trabajo en su casa revisando contactos, seleccionando copias, afinando criterios y, entre conversación y conversación, compartiendo un vino, un queso o algunas pastas de La Duquesita, revelan la pasión con la que ambos abordaron el proyecto. Sanz Lobato, exigente en el tratamiento de su obra, como buen maestro, era también bastante temperamental, sin embargo, su generosidad con Díaz-Maroto fue constante, algo que dejó en él una profunda huella. La única espina que le quedó fue no lograr convencerle para asistir a la inauguración. Aun así, pudo mostrarle un vídeo de la exposición ya montada, gesto que permitió al fotógrafo contemplar el resultado y reconocer, aunque a la distancia, el cuidado con el que se había articulado su legado.
A este extenso recorrido se suma, desde 2018, un proyecto especialmente significativo: CALMA Y SOSIEGO EDICIONES, editorial que funda junto a quien suscribe este texto. La iniciativa nace de una profunda pasión por la fotografía y por los libros como espacio esencial de pensamiento visual. Lejos de concebir el libro como un mero contenedor, para Díaz-Maroto el fotolibro es un objeto único en el que convergen memoria, narración y contemplación, al que hay que tratar con mimo y cuidado para obtener el mejor de los resultados.
Quien lo haya visto en inauguraciones, encuentros o festivales quizá se pregunte, como en la canción de José Luis Perales, “¿quién es él?”. Y es que José María Díaz-Maroto no se comporta como un “fotógrafo-estrella”: no persigue portadas ni vive en una exposición permanente. Su lugar está más cerca del trabajo silencioso, del archivo, del análisis, de la docencia, de la edición, de aquello que sostiene la fotografía más que de aquello que la exhibe como espectáculo. Profesor, comisario, conservador, asesor y, por supuesto, fotógrafo, todo eso puede ser en un mismo día.
Y aunque su biografía podría desplegarse en infinitas anécdotas, en este texto me quedo con lo esencial, mostrar su recorrido vital y profesional inseparable de las imágenes que aquí se presentan. Con virtudes y defectos —como todos— lo cierto es que cada etapa vivida, cada encuentro y cada decisión lo han convertido en lo que es hoy. Y quizá podría haber sido de otra forma, sí, pero entonces no sería él, no sería Maroto.